La vida al final de mundo

La vida al final de mundo

Por: Juan Camilo Maldonado

Fotos: Alejandro Osses

I.

Por un buen tiempo solo hubo blanco. Todo blanco. Blanco nube. Y frío. Y nube. Y la avioneta de ocho asientos que parecía de papel al mecerse con violencia sobre las olas del viento.

Luego llegó el verde. Todo verde. Verde selva, con trazos cafés: cientos de ríos que fluían rítmicos como vasos sanguíneos por la piel verde de la tierra.

Finalmente fue plata. Todo plata. El mar y el cielo del Pacífico convertidos en un telón de fondo gris e infinito.

La avioneta Cessna 402II elevó entonces su nariz y dio un giro a la derecha. Desde la ventanilla, la imagen parecía una postal desde el final del mundo del mundo: la selva del litoral estrellándose con su verde masivo contra las olas bravas y espumosas del mar. Dos fuerzas contrarias unidas por un mismo principio rector: el río Baudó, una boa pesada y marrón que se arrastraba perezosa rumbo al mar partiendo la selva en dos.

Aterrizamos a unos cuantos cientos de metros de la orilla del río y del borde del mar. El pueblo se llamaba Pizarro, como el español que lo fundó. Nuestro objetivo: traer de regreso en el mismo diminuto avión, cien kilos de pescado fresco.

II.

En el aeropuerto conocimos a Octavio. Un hombre flaco y alto, acostumbrado por años a trabajar en las pesqueras del Pacífico, de Buenaventura a Bahía Solano. Nos esperaba hacía varias horas, pues como suele ocurrir, la pista había estado cerrada por fuertes lluvias. Junto a una gran construcción vacía, que debería ser la sala de espera del aeropuerto, una mujer embera con el torso desnudo nos observaba con curiosidad con un niño entre brazos. También algunas mujeres con bultos que seguramente habían llegado hacía un tiempo para hacer sus envíos en el charter que cada cuatro días los conecta por aire con Medellín.

Octavio hablaba rápido. Ansioso. Era el encargado de ponernos en contacto con la Asociación de Pescadores de Purricha, un pequeño caserío a un par de horas en lancha hacia el norte del litoral. Eventualmente, Octavio me contaría que su familia vive en Buenaventura. Que hace tiempo que no tiene una relación afectiva con la madre de sus hijos, porque ella -o él- terminó comprendiendo que lo suyo es el movimiento: andar por los ríos y los caseríos de pescadores del Chocó, aportando su conocimiento como tecnólogo en pesca.

Octavio, con su hablar rápido, con sus manos delgadas, que viste con un guante de metal para no lastimarse con las escamas y las espinas cuando limpia el pescado, es un nómada chocoano. Va y viene, entre playas y ríos, y toma refugio allí donde haya la posibilidad de trabajar con los pescadores, allí donde lo pueda contratar alguna agencia de cooperación internacional o desarrollo territorial, dispuesta a invertir en fortalecer las cadenas productivas que conectan a los pueblos pesqueros del Chocó con los centros de consumo de pescado fresco del Pacífico.

Esa primera noche dormimos en el pueblo. Era demasiado tarde para desafiar el mar bravo de Pizarro, un pueblo fundado hace cinco siglos por el conquistador del Perú, y que hoy sigue siendo una población pequeña, un lunar entre la selva, de casas de madera y cemento, donde las mujeres venden viche frío con naidí y los comerciantes cuelgan en sus tiendas ropa, toallas y telas de motivos africanos, mientras se refugian en los porches de la lluvia.

Conmigo viajaba Alejo Osses, fotógrafo especializado en comida, un tipo con varios talentos: algunos evidentes, como su capacidad de revelar con su cámara la profunda complejidad humana que esconde cada alimento que consumimos, y algunos más discretos, como ser capaz de ingresar física y emocionalmente en la intimidad de cualquier ser humano que cultive o prepare algo de comer. También Carmen Posada, su esposa, cofundadora de Mucho Colombia y responsable, en esta travesía, de entender la informal maraña logística que rodea la pesca en el Pacífico. Una cadena productiva llena de desafíos naturales y sociales que, como ocurre con frecuencia, involucra a numerosos intermediarios, dificultando la posibilidad de que los pescadores ganen una porción más justa del total del precio por el que su pescado es vendido en las grandes ciudades del país.

El sábado nos levantamos temprano en la madrugada para viajar a Purricha. En la pesquera, junto al muelle donde atracan las lanchas de los pescadores, nos esperaba Mario, un negro macizo y vital, presidente de la Asociación de Pescadores de Purricha. Pizarro aún dormitaba y la neblina acariciaba la selva del lado del río Baudó. Octavio alistaba los implementos para el viaje en lancha y Carmen tomaba nota sobre los pormenores de la pesquera, que opera como centro de acopio de buena parte del pescado que se recoge en la zona y se envía a Buenaventura. Mario se sentó a mi lado y lanzó un resoplido. Yo aproveché para preguntarle por su arte.

—Y entonces, Mario, ¿qué debe uno saber cuando sale de pesca en el Pacífico

—Pues debe saber por dónde corre la carduma— me dijo.

La carduma es un término genérico con el que los pescadores se refieren a muchísimas especies de peces pequeños, que recogen con mallas o trasmallos para usar de carnada. Buena parte, sino todos los pescados que come la gente en las ciudades —la corvina, la sierra, el machetajo, el pargo— son depredadores del océano que se alimentan de estos pececitos que andan por lo general en bancos enormes por el Pacífico.

—Uno sabe que va haber buena pesca cuando observa que la carduma viene desde arriba— me explicó Mario—. Detrás de la carduma vienen los pescados grandes alimentándose. Si usted la persigue, seguro saca una buena faena.

Desde pequeño, Mario aprendió a seguir esos bancos de pescado como el cazador sigue en la selva el rastro de su presa. También aprendió a que la luna brillante no es buena amiga de la pesca. La luz de la luna llena hace que las redes brillen en el océano y alertan a los peces.

Esa mañana, sentados entre el silencio de la madrugada, comencé a descubrir los secretos de la pesca artesanal, un arte que en esta zona ha pasado por siglos de generación en generación. Algunas cosas han cambiado. Por ejemplo, el padre de Mario, a mediados del siglo XX, salía a pescar por las bocanas de los ríos que desembocan cerca a Purricha, con arpones de metal, el principal arte de pesca por esos tiempos. Pero luego llegaron las redes de nylon, los difamados trasmallos, efectivos entramados que los pescadores comenzaron a utilizar con frecuencia porque les permitía recoger un gran volumen de pescado en muy poco tiempo.

Sin embargo, los trasmallos también se convirtieron rápidamente en un problema para la región y para el país. Eran tan efectivos, en especial aquellos de orificios más pequeños, que en las redes de los pescadores quedaban atrapadas, inertes, especies marinas sin ningún valor alimenticio, como las rayas o tortugas, que gradualmente comenzaron a verse amenazadas. Aunque el estatuto de pesca prohibió en los noventa la pesca artesanal con este tipo de instrumentos, los pescadores dependen aún hoy de estas herramientas. Prueba de ello era el hombre que, a nuestro lado, trabajaba pacientemente en remendar una red gigante. Al poco tiempo me enteré que el tamaño de sus orificios era ilegal.

Durante los siguientes dos días llegaría a entender algo: la pesca, como muchas otras economías colombianas, está llena de paradojas producto de la exclusión, el exceso de regulación y la incapacidad de un Estado para garantizar la supervivencia de colombianos en zonas donde priman determinadas economías y modos de producción. Así como el campesino cocalero no tiene mayores formas de supervivencia en las zonas periféricas del país, los pescadores del Chocó no tienen mayores incentivos para cambiar las mallas por mecanismos que, aunque más sostenibles, son menos eficientes.

III.

Luego de dos horas de lancha rápida por el Pacífico, llegamos a Purricha. El caserío natal de Mario es un conjunto de no más de cuarenta casas de madera, construido a espaldas de la selva y de frente a una amplia y mansa bocana donde el río Purricha se encuentra con el océano.

Purricha parece una sola y eterna huerta, dentro de la cual aparecen los ranchos. Cuesta trabajo determinar donde comienza la propiedad del uno y la propiedad del otro, como cuesta saber quién es hijo de quien. Los cultivos de caña, la papachina, los pomarrosos y papayos, las naranjas, las limas y limones, se extienden entre casa y casa, como un solo jardín, que alimenta a las treinta familias que aún quedan en el caserío. Hace una décadas eran más. Pero el tiempo y la necesidad ha venido vaciando al poblado de sus habitantes, mientras que el río y la selva se tragan lentamente algunas construcciones, entre ellas la antigua escuela, que hoy es una ruina cubierta por el musgo y los pastizales, esperando a que el río le quite lo que le queda de espacio.

—Aquí nos falta todo, pero comemos sabroso— me dijo Daisy, una mujer que se mantiene con los ojos cerrados de tanto sonreír, y que nos recibió en su casa a nuestra llegada.

Y sí que es cierto. Los escandalosos indicadores sociales del departamento contrastan con la abundancia de los jardines de Purricha y la riqueza de sus aguas. Esa mañana, no bien llegamos, salimos con Mario y Octavio a pescar por la bocana. Las aguas eran mansas y cada pescador de la asociación hacía equilibrio en su canoas mientras recogía la pesca de su espinel, una larga línea de anzuelos que dejan flotando en las aguas, y que hoy es una de las artes de pesca más sostenibles en la región.

Esa mañana, los únicos peces que mordían el anzuelo eran los alguaciles. Familiar cercano del bagre bigotudo, el alguacil es un pez de carne magra y suave, con una virtud que los habitantes del Pacífico valoran y que en la ciudad se desconoce: aguanta altas temperaturas, lo que lo convierte en un pescado óptimo para la preparación de sancochos y encocados, pues no se deshace. En Bogotá poco se le conoce, pero en el Pacífico lleva sobre sus escamas el título de ser uno de los peces más baratos del mercado.

Horas después de la faena, de regreso a la casa de Daisy, descubriríamos cuán delicioso puede llegar a ser ese pez feo y bigotudo. Dora y Olivia, dos adorables mujeres que hacían parte del club de las sonrientes, ayudaron a Daisy a construir en el traspatio de su casa una parrilla de madera sobre la cual tendieron algunos trozos de alguacil fresco. Las mujeres taparon la carnedel pescado con hojas de plátano, y por horas esperaron junto al fuego a que el humo de la barbacoa se filtrara gradualmente por los tejidos y las fibras del animal.

—Alejooooo, venga pa’ acá!— le gritaban Daisy, Dora y Olivia, mientras picaban verduras y rayaban coco con conchas de mar. Alejo, entre tanto, se paseaba por la cocina probando cuanta salsita habían dejado cocinando en la estufa de leña, como si hubiera crecido allí, en ese rancho, junto a ellas.

IIII.

El tapado resultó delicioso. La carne del alguacil parece una esponja que captura y perpetúa en la boca una mezcla de sabores selváticos. El coco, la albahaca negra, el limón mandarino y el humo que por horas coció al pescado bigotudo se quedarían girando en mi paladar por muchas horas durante la faena de la tarde.

Mario preparó las lanchas y los trasmallos. Pescaríamos en grande, en una zona de la costa donde el mar es arisco e inestable, una zona de resaca, como se refieren ellos a esa cualidad del mar que lo convierte a su vez en un riesgoso peligro y un foco de abundancia.

Dividimos el grupo en dos. Carmen, Octavio y yo nos quedamos en una playa virgen, de arena gris y brillante, que parecía un espejo de agua inmenso bajo el cielo sin nubes. Miles de cangrejos rojos diminutos se alimentaban sobre la arena, mientras nosotros esperábamos en silencio en ese lugar desprovisto de tiempo.

Allí, sentados en algún tronco a la deriva y carcomido por las termitas, en medio del reflejo eterno del cielo, Octavio nos contó su historia. Estudió en el colegio Pascual Andagolla, en Buenaventura. Tuvo la suerte de que en su colegio abrieran un énfasis en ciencias del mar, y desde entonces se enamoró de los peces y la vida del océano. Nunca le alcanzó el puntaje para estudiar ingeniería ambiental, pero inspirado en el espíritu en movimiento de su padre, empleado de la flota mercante, agarró un barco y se fue a Bahía Solano. No encontró cupo, así que resolvió emplearse y aprender haciendo, y trabajando en pesqueras se volvió un experto en calidad.

Octavio me explicó que cuando uno recibe un pescado se debe fijar en la textura. Las escamas no deben caerse tan fácil. Su color ha de ser nítido y brillante, el ojo tiene que estar claro. También es importante que el pescado no tenga hematomas. Y claro, que haya sido pescado con buenas prácticas pesqueras...

De alguna manera, Octavio es la visagra entre el mundo artesanal y una serie de compradores que, como Wok, Takami y Mucho, han comenzando a crear estrategias de fortalecimiento de las cadenas sostenibles de pesca. “Uno tiene que ser flexible para ambos lados. Pero si me vuelvo alcahueto, luego el pescado siempre me va a salir mal”, nos dijo.

Luego de varias horas Mario volvió con la mitad de la faena, y con la noticia de que el agua estaba “corrientoza”. Así que Alejo se quedó en la playa escurriéndose el agua salada de los párpados, mientras Carmen y yo nos montamos a la lancha para una segunda tanda de pesca con trasmallo. Ya en la embarcación, Mario nos explicó las mecánicas de esta enorme red que les da sustento. La malla se estira por varios metros suspendida por boyas o botellones de plástico, y se deja allí, flotando en el mar, como una gran muralla invisible que espera a los peces. La lógica del trasmallo juega con la psicología del animal, con su instinto de libertad: una vez en contacto con ella, el pez reacciona con movimientos bruscos que poco a poco lo envuelven en una fracción de la red. Cuando es hora de sacar el trasmallo, el pescado ha luchado tanto contra la malla, se ha sacudido de forma tan violenta, que muchas veces ya está exangüe cuando sale de agua. La lancha se movía como un columpio embrujado de un lado a otro de las olas. El agua se entraba y era mi misión sacarla a golpe de coca plástica, mientras los pescadores recogían la red. Poco a poco fueron llegando los pescados y comencé a reconocerlos: el cuerpo con salpicaduras de oro de las sierras, la elegante pincelada dorsal del machetajo, el gris ceniciento del bagre.... Y de repente, el grito de victoria de Mario: “¡Una corvina!”. El animal era tan largo como tres cuartos de mi brazo, y tan ancho como mi muslo. Mario no tuvo ni que golpearlo en la cabeza. Puse una mano sobre sus branquias: sentí la respiración de un animal rendido, después de una hora de lucha por liberarse.

La agónica resignación de la corvina, con sus branquias doradas y terracotas ejerciendo sus últimas inspiraciones, y su mirada en trance hacia el cielo, contrastaba con la nerviosa alegría de los pescadores. En estas aguas, la corvina es el premio de la tarde: un kilo de su carne puede costar cuatro o cinco veces más que la del alguacil. Además, su vejiga natatoria, la bolsa de tejido denso que le ayuda a los peces a mantenerse a flote, se vende deshidratada a muy buen precio, pues es apetecida en los mercados asiáticos para usos que nadie en Purricha pudo explicarme.

Mario se paró sobre la lancha triunfante. Las olas no habían mermado, y el vértigo del océano no hacía sino resaltar su pose espartana. Muchos pescadores han muerto en estas faenas. El mismo Mario naufragó alguna vez, y pasó toda una noche agarrado a la lancha boca abajo. Pero esa tarde el pescador parecía amo y señor de un pedazo del planeta que pocos hombres han conquistado.

V.

Un día después, Carmen nos confirmaría que las faenas del fin de semana arrojaron casi la mitad del pescado que habíamos venido a buscar. Así son las cosas en Purricha. El mar trae lo que quiere y cuando quiere. El pescador solo insiste y reza.

Antes de regresarnos, mientras Octavio alistaba los pescados y los organizaba con Carmen en las neveras, Alejo decidió darle a la familia extendida de Daisy un regalo de cachaco. Agarró un gualajo, lo limpió como Octavio le había enseñado, lo baño en jugo de limón y le cortó trozos de cebolla y de caimito, una fruta parecida a la guama con una cosecha tan abundante, que cuando se produce la mitad termina podrida en el suelo.

La noche anterior habíamos vivido un momento de unión especial, con las mujeres, los pescadores y los niños cantamos arrullos chocanos en la penumbra. No obstante, nada se compararía al momento en que Alejo ingresó a la cabaña de madera de Daisy con el ceviche en las manos, y todos en seguidilla comenzaron a preguntar a gritos: “¿¡Tú te come el pescao crudo, Alejo!?”

Esa tarde, antes de irnos, el pueblo de Purricha probó el ceviche. Daisy convulsionaba entre risas y arcadas, Dora se reía nerviosa con un bocado de pescado crudo en la boca. “¡Ayyyy Alejo! ¡Esto sabe raaaaro!” Vi a varios de los niños atragantarse con varios pedazos a la vez, como si se tratara de una competencia de todo-lo-que-puedas-comer. Algunos morían del placer, otros del asco. Alejo pasará a la historia en Purricha como un maestro del ceviche.

Horas después partíamos en medio de una tempestad por las aguas grises y convulsas que bañan la selva chocoana. Pronto Purricha desapareció de nuestra vista, como desapareció todo el litoral, escondido tras una densa cortina de lluvia. Junto a nosotros, el pescado fresco yacía frío y silencioso entre las neveras de icopor. Emprendía un viaje largo de regreso, que habría de terminar un par de días después, en la mesa de algún restaurante en Chapinero, donde un pescado jamás me volverá a saber a lo mismo.

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